La felicidad

¿Qué es la felicidad? ¿Cómo se alcanza? Parece que no hay respuestas únicas para estas cuestiones. Y es que la felicidad es un concepto subjetivo. La felicidad no solo está influenciada por el lugar del mundo en el que vivimos, ni por la etapa histórica en la que hemos nacido, ni por el momento vital en el que se encuentre una persona. Sin lugar a dudas, la felicidad también está fuertemente determinada por nuestra educación, nuestros valores, nuestra forma de pensar y nuestras estrategias personales para enfrentar las dificultades. Es decir, está influenciada tanto por factores externos que, posiblemente no podemos controlar, pero sobre todo por factores internos los cuales, determinarán la manera de interpretar nuestra realidad y marcarán así nuestros estándares de felicidad. Al reflexionar sobre la felicidad en el contexto de nuestra actualidad, parece que ser feliz es una tarea sencilla. Sin embargo, tras realizar una pequeña encuesta sobre felicidad a personas de mi entorno, y escuchar y observar a unos y otros, concluyo que el concepto de felicidad varía a lo largo de la vida de una persona. Observo que a los más pequeños, lo que más felices les hace son cosas bastante simples como que su madre los mantenga en sus brazos. Cuando los niños crecen, les hace muy felices compartir tiempo con sus padres, no hay mejor plan que una tarde de juegos juntos. Pero pasados unos años, algo ocurre en la mente del ser humano, pues el niño mayor empieza a darle valor a los objetos materiales. Pienso que, en parte, esto sucede, cuando el niño madura y tiene capacidad para percibir el comportamiento general de su entorno, contagiándose de él, socializándose en él, olvidando lo innato de la felicidad para reemplazarlo de manera sencilla por el materialismo. Unos padres que inocentemente calman la rabieta de un niño comprándole un juguete, contribuyen a dar valor a las cosas materiales como medio para ser feliz. Hasta es posible que un adulto joven viva inmerso en este concepto de felicidad: “tener es sinónimo de ser feliz”. Tener una casa, tener varios coches o tener mucho dinero. Cuando la capacidad para poseer cosas se convierte en sinónimo de felicidad, producto de un mundo competitivo, materialista, ruidoso y rápido, donde no hay tiempo para dedicarse a uno mismo, ni a los demás, cada vez es más difícil sentirse feliz de la manera natural, y se busca esa manera rápida, con refuerzo inmediato (redes sociales, consumismo, drogas…) olvidando que este refuerzo es también fugaz y pasajero. Y uno de los problemas de esta felicidad inmediata, es que con ella nunca se puede llegar a alcanzar la felicidad permanente. Se trata de una felicidad pasajera y fugaz. Observo que cuando las personas se hacen mayores, y han recorrido parte del camino de la vida, cuando han vivido experiencias buenas, malas y regulares, vuelven a ser capaces de situar el foco en lo verdaderamente importante: en el valor infinito de las cosas no materiales, situando a la salud, al amor y a la familia como verdaderos ejes de la felicidad. Si nos situamos fuera de nuestro contexto histórico y viajamos al pasado, estoy segura de que la felicidad en todas las etapas de la vida se asemejaba bastante a este concepto anteriormente descrito, donde el foco no estaba en lo material. Imaginémonos en la Prehistoria. Estoy convencida que las personas eran felices cuando se sentían miembros de un grupo, cuando conseguían comida para todos y conectaban con la naturaleza pues era el lugar donde vivían. ¿Y si hacemos otro viaje, ahora en este mismo contexto histórico, pero a otro lugar del planeta, por ejemplo, un país subdesarrollado? Aquí los niños son felices con cosas o pequeñas acciones, que para nosotros son cosas del día a día, como cuando tienen zapatos para caminar, agua que beber o cuando tienen una chapa para jugar en la calle. Finalmente me gustaría dar mi opinión sobre este controvertido refrán: “el dinero no da la felicidad”. Yo estoy parcialmente de acuerdo con ello. Es innegable que hoy en día el dinero es aquello que nos facilita tener acceso a prácticamente todo lo que necesitamos para obtener un bienestar, pero la cuestión está en que cosas tan importantes como la comida o un techo bajo el que vivir, deberían llegar a todas las personas en todos los rincones del mundo. Es decir, sin que tuvieran un valor económico. Después de esta reflexión, quiero concluir definiendo lo que es, desde mi punto de vista, la verdadera felicidad: Es un sentimiento que construimos a lo largo de nuestra vida, y que depende de múltiples factores. Creo que se puede cultivar y conseguir de manera permanente cuando lo construimos alrededor de la gratitud hacia las cosas que tenemos y, el amor a los demás, cuando nos aceptamos tal y como somos, o intentamos mejorar la parte de nosotros que no nos gusta. Otros aspectos muy valiosos que favorecen este sentimiento son la familia y los amigos, verlos felices nos hace felices. También creo que es importante saber, que en la vida no todo son momentos felices, y que la adversidad forma parte de ella, pero que debemos desarrollar estrategias personales para afrontar las cosas que nos pasen de la mejor manera posible. Así que, sí, para disfrutar más la felicidad, también necesitamos aceptar y acoger la tristeza. Leyre Peinado – 4º ESO D
Los hooligans del deporte infantil

“Si piensas que siempre tengo que ser el mejor, no vengas. Si para ti lo más importante es el resultado, no vengas. Si vas a gritar al árbitro cada vez que crees que se equivoca, no vengas. Y si te vas a enfadar cada vez que fallo, no vengas”. Esta es la campaña publicitaria que hizo la Fundación Brafa sobre los problemas que están surgiendo en las gradas de los partidos de deportes infantiles. Por ello me pregunto, ¿somos conscientes de cómo afectan todos los comentarios y acciones al juego infantil? Aunque no lo parezca, todo lo que decimos y hacemos como espectadores en estos partidos incumbe a todos los participantes del juego, desde los jugadores hasta los árbitros. Como se indica en la Guía para padres sobre actividad física y salud publicada por el Ministerio de Sanidad, entre los factores que desmotivan a los niños respecto al deporte se encuentran la presión por jugar y alcanzar las expectativas impuestas por los padres y que se dé más importancia al resultado que a la mejora y el esfuerzo puesto en el juego. Muchas veces en la grada se escucha a padres gritándoles a sus hijos lo que tienen que hacer o regañándoles por haber hecho algo mal. Pero, por lo visto, quienes hacen estos comentarios no tienen en cuenta el hecho de que probablemente el niño solo esté siguiendo órdenes del entrenador, por lo que, además, estarían contradiciendo y restando autoridad a dicho dirigente. E incluso puede ser que realmente haya cometido un fallo y no pasa nada, no van a ser peores jugadores por cometer un simple error, o varios, porque, ¿quién no se equivoca? Luego están los árbitros que, por si alguien no se había dado cuenta, también son humanos con sentimientos y con derecho a equivocarse. Como muestran estos datos extraídos de estudios realizados por la FBM (Federación de Baloncesto de Madrid), normalmente la media de bajas de árbitros es de 375 personas por año. Sin embargo, esta última temporada la cifra ha ascendido a los 450 de un total de 2.035, el 23% de ellos. La razón principal de que dejen de arbitrar es el ambiente y la presión a la que están sometidos. Dicho de otra forma, cada vez somos más exigentes con los demás y lo que no es normal es que los árbitros de partidos infantiles estén sometidos a más presión que los que arbitran mundiales de profesionales. Cada día permitimos menos errores, exigiendo una perfección idílica. Es más, apuesto a que todos los que dicen “Es que este árbitro es malísimo. Hasta yo lo haría mejor” no serían capaces de lograr este perfecto arbitraje en un partido, ya no digamos aguantar la presión más de dos minutos. Esto debería hacernos reflexionar sobre si esta exigencia excesiva es realmente necesaria. Si gritarle como un loco a un árbitro como un loco que no ha pitado una falta es la mejor manera de que sea consciente de su error y no vuelva a cometerlo. Si que vuestros hijos sean los mejores a costa de que dejen de disfrutar del deporte merece la pena… ¿Esta es la enseñanza que queremos transmitirle a los niños? Tenemos que empezar a relajarnos y disfrutar de ver a los niños jugar, de verles felices. Al fin y al cabo, el deporte es un juego, no un lugar donde descargar la frustración que nos crean nuestros propios problemas. Silvia Alba – 1ºBTO
¿Evolución?

La manera más sencilla de expresar lo que es la evolución es empleando la palabra “cambio”. Si algo ha estado en constante cambio en España ha sido la educación: en los últimos 40 años se han implantado ocho leyes educativas. La última de ellas, la LOMLOE, fue aprobada el 19 de noviembre de 2020 y entró en vigor el 19 de enero de 2021. Se basa en la evaluación por competencias y sus medidas, entre las cuales se encuentra la limitación para repetir de curso, se están aplicando de forma paulatina. Si algo se ha criticado de la LOMLOE es que fue una ley creada con prisas y con falta de consenso, que tiene buenas intenciones pero muchas pegas en su práctica. Un gran ejemplo de su mala aplicación es la manera en la que se está implantando la nueva Selectividad. La PAU estaba inicialmente programada para establecerse el año pasado, pero finalmente optaron por dejar a los nacidos en el 2007 ser los primeros en enfrentarse a ella. Se retrasó para instaurarse en junio de este próximo año 2025 y aún así hasta este octubre no supimos nada de los modelos ni concretaron las modificaciones. Al inicio del curso solo sabíamos que iba a ser más “competencial”. No nos pueden culpar por sentirnos los conejillos de Indias de un experimento con fines prometedores, pero diseñado de forma cuestionable. Nosotros, los alumnos, por supuesto, no somos los únicos afectados. Los docentes sufren significativamente con los cambios de ley educativa, sobre todo en el momento de transición (aunque con el ritmo que llevan, este estado es casi permanente). Se ven obligados a cumplir con exigencias diferentes cada curso y tienen que lidiar con cambios en el temario o innovadoras formas de evaluación, acompañados siempre de una tediosa carga burocrática. No cuentan con la información ni recursos suficientes y, mientras las leyes educativas sigan siendo decididas por políticos y no por educadores, esto no va a cambiar. Ellos son los expertos en este tema y la nueva ley afecta a su metodología, qué mínimo que preguntarles por su opinión. Por ahora les toca trabajar en desconcierto, porque quizá cuando consigan adaptarse, los de arriba se vuelvan a sentir inspirados y redacten una nueva ley que eche por tierra a la anterior. Y cuando esto suceda nos demostrarán, una vez más, que el sistema educativo no evoluciona. Y no evoluciona porque no hay cambio. La historia lleva repitiéndose 40 años. Patricia Arriaga – 1º Bachillerato
El secuestro político del catalán

El catalán se encuentra en el ojo del huracán político. Distintos partidos usan esta lengua como instrumento para dividir a la población y movilizar votantes. Esta situación no se repite con otras lenguas cooficiales como el gallego, el euskera o incluso los propios dialectos del catalán. La verdad es que la lengua catalana no está pasando sus mejores momentos. Los jóvenes cada vez usan menos el catalán fuera de las escuelas e institutos. Según encuestas recientes tan solo el 25,1% de los jóvenes lo habla de manera habitual, cifra que hasta antes de 2007 ascendía hasta el 43%. A pesar de los esfuerzos recientes de incentivar su uso mediante las redes sociales y programas de televisión, parece que no se consiguen remontar los datos. Recientemente, el gobierno de España junto a grupos nacionalistas promovieron una reforma del Reglamento del Congreso para permitir el uso de las lenguas cooficiales en este, y está en proceso la tramitación del reconocimiento como lenguas oficiales de la Unión Europea. Puede que este sea el futuro del catalán, puede que su destino sea quedar como una lengua administrativa, usada por organismos oficiales y nada más que eso. Puede que desaparezca totalmente como lengua callejera y de comunicación habitual. El catalán no vive una situación así desde la dictadura franquista, cuando fue duramente reprimido, apartado del ámbito administrativo y relegado a un uso furtivo en el hogar. Irónicamente, a día de hoy, en un contexto de democracia, la lengua catalana está viviendo una situación totalmente opuesta. En la última década, el nacionalismo catalán, ha convertido al idioma, junto a lazos amarillos y esteladas, en símbolos de la independencia. La lengua, que forma parte de la identidad de todos los catalanes, ha quedado reducida a uno de los muchos símbolos usados en este ambiente de división política en el que vivimos. Ya en el momento crítico del procés, España comenzó a creerse el relato independentista y muchas personas comenzaron a asociar el catalán no con una región, sino con una ideología, que, de hecho, no representa a todos los catalanes, viendo en ella una amenaza que busca separar y corromper la integridad territorial de España. Este discurso de odio fue especialmente difundido por el sector más conservador de la política, que promovió un boicot lingüístico y cultural contra Cataluña. Al final, no es la primera vez que sucede algo así en España, parece que a nuestros políticos les encanta apropiarse de simbología que nos pertenece a todos. Lo mismo ha pasado con nuestra bandera, depende de a quién le preguntes te dirá que la derecha ideológica se ha apropiado de ella o que la izquierda estigmatiza a cualquiera que la lleve. Lo cierto es que, al igual que nuestra bandera, la cultura y lengua catalana forma parte de los bienes culturales de España pues, aunque a algunos les moleste, vivimos en una nación multicultural. Deberíamos celebrar la diversidad cultural que hace que España sea lo que es a día de hoy y la que nos identifica como nación. Dejemos por favor de demonizar este idioma porque, de seguir así, puede que se pierda en el tiempo como muchas otras lenguas que han quedado en el pasado.
Racismo en el fútbol o en España

Vinicius, Rodrygo, Rudiger, Mendy, Alaba, Camavinga, Endrick, Mbappe, Tchouaméni, ¿A todos ellos se les insulta por su raza, o solo a Vincius? El tema del racismo en España está en alza, y esto se debe al fútbol, uno de los productos más mediáticos que tiene este país, en concreto a un jugador en específico: Vinicius José Paixão de Oliveira Júnior. Durante los últimos años, la figura de este jugador ha ido creciendo, no solo por sus logros y gran nivel futbolístico, sino también por sus actitudes dentro del terreno de juego que le han puesto en boca de todos los medios. Actitudes que se traducen en provocaciones y gestos hacia los jugadores y aficionados del equipo rival y que acaban por desquiciar a la grada que se cansa de su comportamiento infantil. ¿Es justo que Vinicius reciba estos insultos? Que el brasileño sea un deportista con actitudes lamentables no justifica el comportamiento de los aficionados. “Mono, negro, payaso”,… y demás son diferentes calificativos que ha recibido a lo largo de su carrera en el Real Madrid, adjetivos que son totalmente deplorables de escuchar en un campo de fútbol con una capacidad de ochenta mil personas, y que muchas veces acaban con las respuestas del jugador que incita aún más a la grada, lo que acaba convirtiendo esto en un toma y daca de provocaciones que ninguno de los dos bandos es capaz de parar. Y ahora la pregunta es: ¿España es racista? El caso de Vinicius no es un caso aislado en los deportes. Por desgracia es un tema que repercute en todos sus géneros, casi el 80% de deportistas subsaharianos denuncian haberse sentido discriminados en algún momento de sus vidas, ya sea por su color de piel o por sus rasgos físicos, algo que no se debería permitir hacia personas que solamente están ejerciendo su profesión, ya sea como el caso reciente de Ana Peleteiro en los juegos olímpicos de París. Si investigamos a fondo nos damos cuenta que el problema proviene de las escuelas, en las que principalmente estas discriminaciones se reflejan debido a la falta de adaptación de los niños inmigrantes. Además, en estos tiempos las redes sociales juegan un papel fundamental, es ahí donde la gente deja comentarios de odio y xenofobia sin ningún tipo de vergüenza, por el anonimato que suponen y la inmunidad que estas conllevan, con la finalidad de desmoralizar y ofender, creando en ocasiones un ambiente irrespirable en nuestra sociedad. Querría dejar caer el planteamiento de leyes contra la xenofobia y el racismo, del mismo modo que se ha hecho contra la violencia de género y el machismo. Es un tema que se debe intentar enseñar en los colegios y en las casas desde pequeños. No podemos permitir que se discrimine a alguien por simplemente ser él, independientemente de sus rasgos y peculiaridades, como reconoce la Constitución Española, o haber nacido en un lugar u otro. Nadie es más que nadie.
El declive de los videojuegos

Para las personas de mi generación o incluso las anteriores, los videojuegos han sido parte de la vida de todos, de algunos más que de otros. Aún recuerdo a mi «yo» de siete u ocho años, cuando ansioso esperaba llegar a casa del colegio, solo para encender mi PlayStation 3 y sumergirme en lo que para mí siempre han sido obras que me han enriquecido hasta hoy. Sin ir más lejos, aquellas tardes de vicio las pasaba disfrutando de historias magníficas, mecánicas de juego innovadoras y experiencias que parecen a años luz de ser lo que son ahora. Hoy considero que esta industria se ha prostituido hasta lo ridículo y que su esencia ya no radica en la calidad. Para empezar, hoy en día parece que los videojuegos tardan una eternidad en salir al mercado, y esto es por culpa de aquellos que demandan mejores gráficos y sobre todo bazofia mainstream que se repite hasta en la sopa durante los últimos años. Las desarrolladoras por lo tanto se gastan una fortuna y tiempo en productos más realistas pero terriblemente vacíos. Siguiendo con estos, puedo aclarar que si antes la gente disfrutaba tanto de estos productos de antaño, era porque se hacían con cariño, se esforzaban en innovar la jugabilidad y sobre todo, en transmitir mensajes a través de su historia o por ejemplo, lo difíciles que eran. Ahora las desarrolladoras parecen haber olvidado eso, lanzan al mercado el mismo juego todos los años y «como si Juan y Manuela»… Esto demuestra que no tienen cariño ninguno a los consumidores. La verdad es que el hecho de que todos estos juegos, que han sido tan valiosos e importantes para mí, hayan acabado siendo víctimas del consumismo me llena de pena y cierta incertidumbre con respecto al futuro de la industria; a su vez, también me provoca nostalgia, pues ahora solo juego a obras anteriores a 2010. Diego Cortina – 2º Bachillerato
MENAS EN ESPAÑA: La verdadera preocupación

Los MENAS, también conocidos como menores extranjeros no acompañados, son los menores migrantes provenientes de otro país que vienen sin sus padres o sin ningún otro adulto responsable que esté a su cargo. A nivel global, según Save the children existen más de 30 millones de menores que se han visto obligados a separarse de sus familias y marcharse de sus hogares por no tener ningún recurso en su país, ya que tienen la esperanza de encontrar algo mejor en el nuestro. La falta de dinero o medios, la presencia de guerras, catástrofes naturales, desestructuración familiar, etc., son varios motivos por los que migrar. La realidad del tema es que son niños que han perdido temporal o definitivamente a sus padres, con todo lo que eso significa: la pérdida del apoyo paterno en cuanto alojamiento, educación, protección, etc. Muchas veces se nos olvida que estos menas, son niños sin padres, niños que están solos expuestos ante cualquier peligro ya sea de salud o social. Asimismo, parte de la sociedad lo ve desde la perspectiva de qué nos pueden aportar o qué nos pueden restar. Muchos pueden llegar al extremo de robar pero pueden tener varias razones, aunque igualmente no sea justificación. Además, puede ser porque al verse en una situación de desamparo, tengan que llegar al extremo de robar. Sin embargo, los menas también tienen varios aspectos positivos que darnos. Nos pueden aportar bastante conocimiento, valores y sobre todo diversidad, ya que al venir de otro país con una cultura totalmente distinta a la nuestra, puede llegar a ser bastante beneficioso para nosotros. Pero, ¿qué es lo que más nos beneficia a los españoles? ¿La presencia de menas en el país o no? Este es un debate que la sociedad tiene pendiente de resolver, aunque, desde mi punto de vista la cuestión no es esa. La verdadera cuestión es qué les podemos aportar nosotros a ellos. Pienso que el Estado debería darle todo el apoyo posible a estos niños en vez de querer echarlos del país como bien quieren algunos partidos políticos, ya que, tal y como queda retratado en varios artículos de la Constitución Española, en la Convención de los Derechos del niño y el Protocolo Marco sobre determinadas actuaciones en relación con los Menores Extranjeros No Acompañados, todos los menores deben ser protegidos y tener derechos independientemente de su raza, entre otros. No obstante, todos estos políticos que quieren expulsar a estos niños del país son los que están en contra del aborto ya que dicen que se le está quitando la vida a un niño, dando a entender que le están dando más valor a la vida de un nonato que a la de un menor inmigrante. En definitiva, cualquiera de los que estamos en esta clase podríamos ser un mena en otro país, así que, ¿qué haríamos si nos viéramos en esa situación?, ¿cómo nos gustaría que nos tratasen?, ¿qué deben hacer ellos para adaptarse a nuestra cultura? O una pregunta mucho más sencilla, ¿qué podemos hacer como sociedad ante este problema? Andrea Macías – 2ºBTO
Presente y futuro

En los últimos años se ha desarrollado una tendencia al positivismo. Positivismo ayer, positivismo hoy y positivismo mañana. Vivimos en presente pensando cómo será el futuro, haciendo predicciones sobre dónde viviremos, con quién, cuál será nuestro trabajo, la mascota que tendremos… Perdiendo así la esencia del hoy. Todo el mundo sueña con un futuro bonito, confiando en que siempre será mejor, pero ello es lo que hace que vivamos en presente lleno de quejas y amargura. El futuro no es sinónimo de mejora. Si no díganselo a la madre soltera que tiene tres trabajos a la vez para poder mantener a su hijo. Díganselo al anciano viudo que ha perdido a su mujer después de sesenta años. O mejor díganselo a ese matrimonio que ha perdido a su hijo en un accidente de tráfico. El futuro puede ser o no ser sinónimo de mejora. Cada circunstancia y vivencia personal va marcando un camino y no siempre tiene porqué ser mejor que de donde venimos. Bien es cierto que para muchos, el futuro se ve como algo positivo, algo ansiado. La independencia de irse de casa de tus padres, la satisfacción de tener tu primer sueldo, o el honor de construir una vida con el esfuerzo de uno. Todo suena muy bien, pero todo ello va acompañado de responsabilidades. Crecer implica madurar, en un futuro pagar un alquiler, mantener una familia y muchas veces aguantar un trabajo que ya no es apasionante. El futuro es desconocido, incierto y no por ello siempre será mejor. Lo verdaderamente importante es vivir el día a día, centrarse en el presente y tomar las decisiones adecuadas para aquellos que sigan preocupados por el futuro. La vida debe afrontarse día a día, cuando nos queramos dar cuenta ya no habrá un futuro. Lucía Porras Escalada – 2º Bachillerato
La dictadura de los números

¿Me va a dar la nota? ¿Qué hago si no entro a la carrera? Seguro que si has estudiado bachillerato te has preguntado esto alguna vez. Año tras año las universidades se llenan de candidatos que, tras dos duros años y una exigente prueba llamada selectividad, quieren entrar en las carreras de sus sueños y que, muy posiblemente, definirán el futuro de su vida. Sin embargo, la decisión de las universidades para admitir o no a los alumnos se basa en una categoría, la nota, un método que genera mucho malestar entre los estudiantes y que yo, aunque todavía esté cursando la primera etapa de bachillerato, me encuentro viviendo en primera persona. Es indudable que bachillerato es una de las épocas en la educación de una persona más duras e importantes a la vez. Tanto en la parte académica como en la parte más personal y social, esta etapa presenta una exigencia mucho mayor a otras, algo que genera estrés en los estudiantes y acaba teniendo una repercusión directa en sus resultados académicos. Además, la importancia de esta etapa y el enorme efecto que puede tener en el futuro de los estudiantes, en forma de nota, hace que el bachillerato pueda ser un verdadero calvario para los alumnos. Es verdaderamente impactante que el denominador común de la mayoría del sufrimiento relacionado con la parte académica sea un número, un simple e insignificante número. Los estudiantes se ven afectados por un sistema muy poco efectivo que no es capaz de evaluar las diversas capacidades que poseen. Evidentemente, no hay cosa más simple que evaluar por un número, no hace falta pasar por un proceso subjetivo y el tiempo de decisión es mucho menor, pero habría que replantearse si un esfuerzo extra en la admisión de los alumnos a las universidades públicas merecería la pena, yo estoy convencido de que sí. Desafortunadamente, nos encontramos lejos de un cambio, y este sistema mal gestionado está haciendo que se pierdan grandes profesionales que no pueden practicar su vocación simplemente por no tener la nota suficiente para entrar en sus carreras (a menos que se hayan criado en una cuna de oro, claro). La sociedad necesita a personas capaces de realizar su trabajo correctamente y con una sonrisa en la cara día sí, día también, y una cifra no debería ser la barrera para conseguirlo. Por desgracia, hemos llegado a un punto en el que el ser humano es visto como un número, el cual no es capaz de demostrar las habilidades en las que destaca y se ve obligado a jugarse el futuro en tres días. ¿De verdad voy a ser un peor profesional por tener un par de días malos? ¿En serio? Javier Delgado – 1º Bachillerato
¿Filosofía para todos?

Por los pasillos de bachillerato de cada instituto, pese a la calma y la concentración, se escucha un leve ruido constante, el runrún que solo puede generar la disconformidad. Todo este descontento está producido por los alumnos del bachillerato tecnológico, y gira más precisamente, sobre la asignatura de filosofía. La filosofía según la RAE es “el conjunto de doctrinas que establecen el conocimiento de la realidad y del sentido del obrar humano”. Pero, ¿para qué le sirve esto a un futuro ingeniero o doctor? Como hemos podido entender por su definición oficial, la filosofía es una rama orientada al pensamiento, comúnmente relacionado con la modalidad de las humanidades. Debido a esto, los alumnos de los otros tipos de bachillerato se suelen quejar de que ellos tengan que lidiar con esta asignatura, y sobre todo, por su participación en la media final, mientras que los alumnos que acuden a la modalidad de ciencias sociales tienen un tipo de matemáticas distintas al del resto, supuestamente más fáciles. ¿Es acaso esto justo? El dicho es “quien vale vale y quien no a letras”, pero viendo más allá de las estupideces y razonando, lo normal es que las matemáticas del bachillerato no tecnológico vayan enfocadas de otra manera, por un mero hecho de utilidad para su futuro, que es para lo que nos prepara el bachillerato. Sin embargo, ¿no se podría pensar igual con la filosofía? Para valorar esta pregunta, y atreverse a insinuarla, hay que valorar el hecho de que la filosofía es una asignatura distinta a las demás. Durante la vida de un estudiante, las materias como matemáticas o inglés van subiendo de nivel a la vez que vamos avanzando cursos, pero filosofía no entra en el temario hasta que ya tenemos una avanzada edad. Esto es debido a que es una asignatura compleja, no se puede comenzar desde una temprana edad porque no habría por dónde empezar. El término complejo es una palabra que se puede atribuir a múltiples cosas, pero en este caso, es complejo debido a que hace a las personas razonar. Independientemente de qué quieras ser en el futuro, todas las personas adultas necesitan la capacidad de pensar, y es una cualidad que no te puede aportar ninguna otra asignatura. Por esto, la filosofía es una asignatura imprescindible, ya que no solo nos enseña a razonar, sino que también te desarrolla como persona, haciéndote madurar y ayudándote a crear tu propia forma de reflexionar, lo cual es mucho más útil de lo que se ve a simple vista. Porque, ¿tampoco queremos una sociedad sin pensamiento, verdad? Miguel Cuesta – 1º Bachillerato
