Se vende: La moral

Corría el año 1979 cuando acontece la Revolución iraní. El rumbo de Irán, y de todo Oriente Medio cambió para siempre. De la mano de aquella revolución se imponía una dictadura teocrática liderada por el ayatolá Jomeini. Han pasado más de cuatro décadas desde entonces, la mayor parte del tiempo el régimen de los ayatolás no ha tenido demasiados impedimentos para perpetuarse (si no se cuentan los últimos acontecimientos). Y es que este artículo viene motivado a tenor de las relativamente recientes actuaciones de EEUU e Israel en Irán. Empecemos por los hechos. A lo largo de 40 años hemos podido ver desde fuera cómo las mujeres en Irán perdían sus derechos de forma sistemática. Ver cómo la población vivía bajo un régimen restrictivo, con libertades, ya no coartadas, sino cortadas de raíz, una economía renqueante condicionada tanto por sanciones, como por cuestionables decisiones internas, siendo la consecuencia última de todo que millones viviesen en condiciones míseras. Y, sin embargo, aquí estamos. Día tras día, el tiempo ha ido corriendo en el reloj, y la respuesta internacional ha sido, en el mejor de los casos, tibia. Alguna que otra declaración, advertencia o sanción de diversa índole, pero poco más. Es un hecho que, mientras el petróleo seguía fluyendo por el Estrecho de Ormuz, y el equilibrio energético no se veía comprometido, la urgencia de una actuación brillaba por su ausencia. Irán importaba, sí, pero en su justa medida, solo para rellenar discursos muy puntuales. Hasta que, de golpe y porrazo, llega a la Casa Blanca el excéntrico Donald Trump, muy probablemente el presidente más estrambótico y peculiar de la historia de los EEUU, que lleva a cabo una intervención militar en Irán y que acaba deviniendo en una guerra que prosigue a día de hoy, sin vistas a terminar pronto. Sin embargo, desde Europa sólo importa la guerra, no por el hecho del conflicto mismo, sino por el notorio impacto económico; en especial, tras el bloqueo del Estrecho de Ormuz, lugar por donde pasa alrededor del 25% del petróleo mundial y el 22% del gas. El Estrecho de Ormuz es el motivo de que esta guerra aparezca, día sí día también, en telediarios, periódicos, radios, tertulias o panfletos. El problema no es una dictadura en Irán; el problema es una guerra que nos toca el bolsillo. Llegados a este punto, conviene hablar de responsabilidades. La intervención de Estados Unidos es cuestionable, más que cuestionable, muy posiblemente viola el derecho internacional, pero no es el único actor responsable, al menos directamente. La pasividad de la Unión Europea, de la ONU, e inclusive de la OTAN le quitan fuerza a las quejas acerca de la intervención de Washington en Oriente Medio. Pasividad es, por ende, sinónimo de complicidad. Cuestionemos, así, como sociedad, nuestra moral: nos importa un país cuando sube la gasolina, pero nos trae sin cuidado que haya allí dictaduras o violaciones de los derechos humanos, no ya como personas a título individual, sino como colectivo, como masa. Cuando la moral no depende de los actos, sino de los precios, el problema ya no está solo en Irán, sino en nuestra propia hipocresía moral. Mario Maldonado Jaramillo – 1ºBTO
Quien paga, canta

El 15 de enero de 2028, Israel y Palestina pactaron un “alto el fuego» para frenar los ataques que se estaban produciendo. Desde aquel día, más de 350 palestinos han muerto en ataques israelíes. ¿Por qué un país que no respeta los valores humanos y sigue atacando, incluso después de pactar no hacerlo, debería tener derecho a participar en un concurso que promueve la unión de países y la paz? Los cinco países que ya se han negado a participar en Eurovisión opinan de la misma forma. España, Países Bajos, Irlanda, Islandia y Eslovenia no han querido participar en un concurso en el que se permite que un país que ha quitado tantas vidas sea admitido sin consecuencias ni cuestionamientos. Si nos remontamos a hace unos años, a una situación muy similar, nos encontraremos en febrero de 2022, cuando la UER (Unión Europea de Radiodifusión) comunicó de forma oficial que Rusia no podría participar en Eurovisión por la guerra que comenzó contra Ucrania. Aseguraron que Rusia había violado el reglamento del concurso al provocar una guerra, rompiendo con los valores de intercambio y comprensión internacional que la competición trata de promover. A mi parecer, Israel ha roto dichos valores de la misma manera, pero lo que no habría razón alguna para aceptar su participación. Al menos, hasta que miras el peso de su aportación económica en el concurso. Últimamente, el logo de Eurovisión ha sido casi reemplazado por el de Moroccanoil, el principal patrocinador, y curiosamente, de origen israelí. Dicha contribución económica explicaría por qué el UER trata de defender a Israel con que “no ha roto el reglamento interno como Rusia” aun cuando ha sido acusado de usar instancias del gobierno y la televisión pública para hacer campañas de promoción e influenciar en el voto, lo cual está prohibido en el reglamento. Por todo eso, los cinco países anteriormente mencionados han decidido no seguir aguantando una corrupción de este estilo. Y aunque puede parecer una tontería salirse de un concurso de canto por la participación de un solo país, es una forma de dar un golpe en la mesa y demostrar su posición ante semejante injusticia; es una forma de reivindicar el derecho a una competición justa, no política y no económica; a un concurso que realmente respete los valores de unión e intercambio intercultural que promete. Alejandra Caravantes García – 1º BTO
La historia se repite

Este año 2026 ha dejado clara una cosa: la historia se repite. Una vez más, Estados Unidos interviene un país bajo el pretexto de acabar con un régimen autoritario, y este mes el país elegido ha sido Irán. Anteriormente, al menos se utilizaba como excusa el hundimiento de un barco. Sin embargo, en la actualidad, el presidente Donald Trump no ha empeñado muchos esfuerzos en esconder las verdaderas motivaciones del conflicto, que son, como siempre han sido, puramente económicas. Posiblemente, hasta él mismo sabe que nadie se creería que una persona con su historial pueda defender la democracia y los derechos humanos. Un personaje que aparece vinculado a los archivos del pedófilo Epstein y que encabeza un ejecutivo que encierra a las personas migrantes en lo que se asemeja a campos de concentración modernos. Lo cierto es que, aunque se tuvieran buenas intenciones, la violencia nunca es la solución. No se puede apagar el fuego con más fuego. Por supuesto que nadie puede apoyar un régimen autoritario como es el de Irán, pero tampoco se pueden defender las recurrentes violaciones al derecho internacional por parte de la administración Trump. La historia ha demostrado que este tipo de ataques no solucionan nada, generalmente lo único que consiguen es aumentar la inestabilidad política y social de los países afectados. Mientras tanto, cientos de civiles siguen muriendo en Irán y Líbano, y el costo de la vida continúa creciendo en todo el mundo. Desgraciadamente, vivimos en un mundo regido por la ley del más fuerte, donde los intereses económicos y estratégicos justifican la violencia. Por ahora, el destino del orden mundial se encuentra en manos de los impredecibles cambios de humor del presidente Trump y su colega Netanyahu. Álvaro López Nieto- 2º BTO
Una victoria contra el dopaje

El nadador australiano Cameron McEvoy ya es el más rápido de la historia, tras rebajar el récord del mundo de los 50 metros libres por tan solo tres centésimas de segundo. Tres centésimas que, aunque puedan parecer insignificantes, son el reflejo de años y años de esfuerzo buscando redefinir los límites del cuerpo humano. A pesar de logros como este, existe un creciente número de personas (tanto deportistas como aficionados) que se sienten atraídos por propuestas como los enhanced games, que pretenden permitir el uso del dopaje para comprobar hasta qué punto es capaz de llegar el cuerpo humano. Sin embargo, al permitir esto se están abandonando todos los principios fundamentales del deporte. En primer lugar, el deporte debe ser sinónimo de salud, y si se permite el dopaje se está incentivando el consumo de sustancias potencialmente peligrosas. En segundo lugar, el deporte debería promover la cultura del esfuerzo para cumplir nuestros objetivos, en lugar de atajos artificiales. Por último, si alteráramos artificialmente las capacidades del cuerpo humano, el deporte perdería todo su sentido, ya que no se admiraría al deportista, sino a la tecnología utilizada. Por suerte, sigue habiendo referentes como McEvoy que representan los verdaderos valores del deporte con su esfuerzo y capacidad de superación personal. Javier Thomas Zurita – 2ºBTO
El poder de un clic en las siguientes elecciones

Nos gusta creer que nadie nos dice qué pensar, que nuestras opiniones nacen de la reflexión personal y de decisiones propias. Sin embargo, basta abrir el móvil para empezar a opinar con una seguridad que no siempre procede del pensamiento crítico, sino de lo que vemos repetido una y otra vez. La política ya no se discute solo en parlamentos o en casa, sino entre memes, vídeos virales y comentarios cargados de rabia. En lugar de analizar, reaccionamos, y en lugar de comprender, repetimos. En medio de este ruido permanente, la opinión política se vuelve frágil y dividida. La desconfianza crece cada vez más, y pensar por uno mismo parece cada día más complicado, casi como un acto de resistencia. La última encuesta sobre tendencias sociales elaborada por el CIS muestra el creciente peso de las redes sobre opinión política, siendo estas el principal factor influyente en el voto del 30,4% de la población española, situándose incluso por encima de la televisión y la opinión de amigos y familiares. La misma encuesta muestra que el 57,6% están muy interesados en la política. Entonces, se plantea una pregunta: si hay tanto interés, ¿las principales fuentes de información no deberían ser otras? Al igual que se plantea esto, es importante tener en cuenta que sí hay medios fiables en las redes sociales como periódicos o canales de noticias, pero todos sabemos que no hay muchos jóvenes que sigan a RTVE o a Antena 3 en sus redes sociales, sino mayoritariamente a divulgadores que crean contenido sobre política en cualquier caso. Los discursos políticos transmitidos en general por estos divulgadores son de odio, o muy críticos. Este tipo de discursos aumentan la polarización y la discriminación entre votantes de distintos partidos, además de reforzar estereotipos negativos y dificultar un diálogo respetuoso. Además, los algoritmos de las plataformas controlan qué información te aparece en tu perfil, mostrando principalmente contenidos acordes a tus preferencias previas. Como consecuencia, nos encontramos expuesto a un solo punto de vista, el que el sistema nos recomienda, lo que limita el pensamiento crítico y refuerza opiniones ya existentes sin la oportunidad de contrastar información debidamente. Otro de los muchos peligros es la fácil difusión de bulos y noticias falsas. Sobre esto se pueden ver ejemplos de hace poco, relacionados con las tragedia ferroviaria ocurrida en Córdoba, tragedia aprovechada por el conocido divulgador Vito Quiles para hacer campaña política y mente sobre una supuesta concesión de dinero del gobierno destinado a comercios ferroviarios con Marruecos y Uzbekistán. La concesión de dinero es real, pero son créditos reembolsables que se tienen que devolver antes de 2027, y que además, promueven el desarrollo de la industria ferroviaria española en el extranjero. ¿Qué pasa con esto?, que como este bulo hay otros cientos, y al final la gente conforma su opinión política en base a noticias que ni siquiera son verdad. Y el problema es este, que a base de tantos bulos y aprovechando la desinformación, estos partidos salen ganando. El entorno digital actual está promoviendo una opinión pública que prioriza la validación social y la simplificación de mensajes, distanciándose del análisis crítico de la información. Si esta tendencia, donde la polarización y la desinformación son recompensadas con myaor visibilidad y adhesión política continúa, el riesgo es el debilitamiento de una ciudadanía informada capaz de tomar decisiones electorales en lo objetivo. Es muy importante el cambio de esta tendencia que nos está llevando hacia la irracionalidad política influenciada e inducida por el entorno digital. Estela Fructuoso – 1ºBTO
Un mundo artificial

En estos tiempos que corren, la humanidad asiste sin ser plenamente consciente a uno de los mayores puntos de inflexión de toda nuestra historia reciente. Tal punto no ha sido una remarcable explosión, un colapso visible, no ha acaecido siquiera un acontecimiento fechado que podamos señalar con precisión como el desencadenante. Por el contrario, se ha venido sucediendo una revolución silenciosa cuyos primeros brotes asoman en estos momentos. Hablamos de la irrupción de la inteligencia artificial. Podemos tildarlo, sin duda, de auténtico terremoto que ha removido y remueve los cimientos de nuestra sociedad. Comencemos pues por lo evidente. La IA dista ya de ser aquel concepto incluido día sí día también en el distópico género de ciencia ficción. Evolución mediante, se ha alejado de ser un mero concepto etéreo o teórico para convertirse en realidad. La Inteligencia Artificial es hoy una poderosísima herramienta capaz de realizar tareas que van desde lo banal (escribir textos o generar imágenes) a otros temas de mayor notoriedad (diagnóstico de enfermedades o automatización de empleos). Y toda tarea de las antes mencionadas las realiza a una velocidad y capacidad que supera con creces la nuestra propia. Cabe destacar que todo avance tecnológico y su implementación no están exentos de riesgos y consecuencias. Porque sí, es un hecho que bajo ciertas condiciones la IA puede multiplicar la productividad. Es un hecho que puede ayudar a democratizar el acceso al conocimiento. Y sí, es también un hecho que la IA puede salvar vidas, optimizar recursos… En suma, lograr abrir puertas que hasta ahora permanecen selladas. Esta es una de las caras de la moneda. Pero y la otra? Esa otra cara, esa otra faceta. Hablemos entonces del peligro, del riesgo real. La sustitución de trabajadores humanos por inteligencias artificiales, aunado por ende a la creciente dependencia tecnológica. Súmese a lo anterior la posibilidad de manipular información a gran escala u otras tareas cuán poco éticas y/o legales que han encontrado en la IA la herramienta idónea. No hay límite de posibilidades. ¿Qué es lo peor que puede ocurrir cuando ya no distinguimos entre lo creado por una persona y lo generado por un algoritmo? ¿Qué sucede cuando delegamos nuestro pensamiento crítico en máquinas diseñadas, al fin y al cabo, por otros seres humanos con sus propios intereses y sesgos, no carentes de fallos? Busquemos ejemplos más cercanos. La IA puede ser empleada para lograr que los estudiantes aprendan más rápido… o puede ocasionar que dejen de aprender, ya que es una máquina la que realiza por ellos toda tarea. Y en este ejemplo tan simple y tan cercano entendemos el porqué del crecimiento exponencial de la Inteligencia Artificial. Porque somos vagos. Sí, vagos. Comodones. Relajados. Preferimos, lógicamente, que otros se encarguen de nuestros quehaceres. Pero si la IA “estudia” por nosotros, trabaja por nosotros (y cobra por nosotros por cierto), ¿a que se nos relega a los seres humanos? No es la inteligencia artificial la que amenaza con deshumanizar nuestra sociedad, sino que somos nosotros mismos quienes renunciamos, en mayor o menor medida, a hacernos cargo de nuestras responsabilidades y le abrimos por tanto las puertas hacia el control total. Soy de la opinión de que la historia se repite. Y la historia ha demostrado infinidad de veces que cada gran avance requiere de una respuesta al mismo nivel. Ahora bien, la respuesta, la solución no pasa por rechazar la tecnología, tampoco por entregarse ciegamente a ella. Pasa por tratar a la IA como lo que es: una herramienta, una asistencia, una “ayuda”, pero nunca como un sustituto. El futuro no lo deciden las máquinas. Lo decide el uso que hagamos de ellas. En el pleno siglo de la tecnología, de lo digital, debemos ser más humanos que nunca. Mario Maldonado Jaramillo – 1º BTO
¿Retroceso temporal o retroceso moral?

Según la fundación FAD Juventud, 1 de cada 4 jóvenes se declara abiertamente xenófobo y racista, lo que es claramente preocupante. Esta tendencia está correlacionada con el auge de la extrema derecha, la cual se caracteriza por su intenso nacionalismo, racismo, xenofobia y actitud antidemocrática, como describió Mudde en 1996 para el «West European Politics». Además, se relaciona directamente con la supremacía blanca, el neonacismo y el neofascismo tras su nacimiento en los años 20 en Europa. Es por todas las implicaciones que conlleva apoyar a la extrema derecha, que este apogeo es tan alarmante, pues ¿es lo que queremos para nuestro país, un retroceso moral? Lo normal hasta hace pocos años era ver que la clase más conservadora y la gente más mayor apoyaba a la derecha por sus ideales conservacionistas. En cambio el barómetro de 2025 del CIS muestra que más de un 30% de los varones jóvenes apoya a Vox y más de un 40% se inclina hacia la política derechista. ¿Por qué han cambiado las tornas? Los jóvenes fueron prometidos una vida mejor que sus padres, mayor acceso a la educación, vidas más cómodas, en cambio se han encontrado con una España en la que acceder a una vivienda digna es prácticamente imposible y menos con la precariedad laboral que sufren, pues a pesar de tener estudios y estar muy preparados, solo son contratados en puestos de miserables sueldos. Es por ello que, al vivir en estas condiciones mientras un gobierno de izquierdas está al mando y con la derecha prometiendo fantasías, es comprensible que su ingenuidad les lleve a caer en las garras conservadoras. El CIS también mostró otro dato, el 56%. de mujeres jóvenes se orienta a la política de izquierdas con una perspectiva más progresista. La comparación entre mujeres y hombres muestra un notorio sesgo de género. Esta diferencia surge de los ideales conservadores en los que se apoya la derecha, como la eliminación de las medidas contra la violencia de género, lo que desprotegería a millones de mujeres para proteger a los hombres violentos y abusadores, junto con los mensajes machistas que sueltan dichos partidos. Es lógico que un partido que desprotege y desprestigia mujeres no tenga el apoyo de las mismas, mientras que los hombres apenas afectados por estos mensajes, se ven atraídos por su individualismo y aparente antisistemismo. Por todo lo mencionado, las repercusiones que esta situación podría acarrear son alarmantes, desde una sociedad aún más dividida por un racismo desmedido por las agresivas políticas migratorias, hasta la eliminación de medidas tan importantes como aquellas que protegen la diversidad. Es también importante mencionar los mensajes con inclinaciones fascistas que lleva a jóvenes a promover una dictadura que no vivieron. Es por ello importante que la izquierda conecte con este sector de nuestra población, recordarles a las clases bajas la lucha por sus derechos y por unas condiciones de vida justas, porque sin habrá que despedirse de los sindicatos y dar la bienvenida a la precariedad. Sara Valderrama – 1º BTO
Redes sociales y polarización: cuando la opinión política se construye sobre bulos y rabia

Nos gusta creer que nadie nos dice qué pensar, que nuestras opiniones nacen de la reflexión personal y de decisiones propias. Sin embargo, basta abrir el móvil para empezar a opinar con una seguridad que no siempre procede del pensamiento crítico, sino de lo que vemos repetido una y otra vez. La política ya no se discute solo en parlamentos o en casa, sino entre memes, vídeos virales y comentarios cargados de rabia. En lugar de analizar, reaccionamos, y en lugar de comprender, repetimos. En medio de este ruido permanente, la opinión política se vuelve frágil y dividida. La desconfianza crece cada vez más, y pensar por uno mismo parece cada día más complicado, casi como un acto de resistencia. La última encuesta sobre tendencias sociales elaborada por el CIS muestra el creciente peso de las redes sobre opinión política, siendo estas el principal factor influyente en el voto del 30,4% de la población española, situándose incluso por encima de la televisión y la opinión de amigos y familiares. La misma encuesta muestra que el 57,6% están muy interesados en la política. Entonces, se plantea una pregunta: si hay tanto interés, ¿las principales fuentes de información no deberían ser otras? Al igual que se plantea esto, es importante tener en cuenta que sí hay medios fiables en las redes sociales como periódicos o canales de noticias, pero todos sabemos que no hay muchos jóvenes que sigan a RTVE o a Antena 3 en sus redes sociales, sino mayoritariamente a divulgadores que crean contenido sobre política en cualquier caso. Los discursos políticos transmitidos en general por estos divulgadores son de odio, o muy críticos. Este tipo de discursos aumentan la polarización y la discriminación entre votantes de distintos partidos, además de favorecer estereotipos negativos y dificultar un diálogo respetuoso. Además, los algoritmos de las plataformas controlan qué información te aparece en tu perfil, mostrando principalmente contenidos acordes a tus preferencias previas. Como consecuencia, nos encontramos expuesto a un solo punto de vista, el que el sistema nos recomienda, lo que limita el pensamiento crítico y refuerza opiniones ya existentes sin la oportunidad de contrastar información debidamente. Otro de los muchos peligros es la fácil difusión de bulos y noticias falsas. Sobre esto se pueden ver ejemplos de hace poco, relacionados con las tragedia ferroviaria ocurrida en Córdoba, tragedia aprovechada por el conocido divulgador Vito Quiles para hacer campaña política y mente sobre una supuesta concesión de dinero del gobierno destinado a comercios ferroviarios con Marruecos y Uzbekistán. La concesión de dinero es real, pero son créditos reembolsables que se tienen que devolver antes de 2027, y que además, promueven el desarrollo de la industria ferroviaria española en el extranjero. ¿Qué pasa con esto?, que como este bulo hay otros cientos, y al final la gente conforma su opinión política en base a noticias que ni siquiera son verdad. Y el problema es este, que a base de tantos bulos y aprovechando la desinformación, estos partidos salen ganando. El entorno digital actual está promoviendo una opinión pública que prioriza la validación social y la simplificación de mensajes, distanciándose del análisis crítico de la información. Si esta tendencia, donde la polarización y la desinformación son recompensadas con mayor visibilidad y adhesión política continúa, el riesgo es el debilitamiento de una ciudadanía informada capaz de tomar decisiones electorales en lo objetivo. Es muy importante el cambio de esta tendencia que nos está llevando hacia la irracionalidad política influenciada e inducida por el entorno digital. Estela Fructuoso – 1º BTO
Bebés a la carta

¿Animales que brillan en la oscuridad? ¿Superárboles que frenan el cambio climático? ¿Cabras que tejen telarañas? Esto no es ciencia ficción, es nuestro futuro y se llama ingeniería genética. En el apasionante mudo de la tecnología se va abriendo paso un espacio denominado ingeniería genética humana. esta rama de la ciencia, que se inició en la década de los setenta, está revolucionando la medicina. Los expertos definen ingeniería genética como el conjunto de técnicas que modifican el ADN, añadiendo o eliminando fragmentos de los cromosomas con el objetivo de alterar su expresión en el ser humano. Sus aplicaciones son importantísimas: tratamientos para enfermedades incurables, eliminación prenatal de patologías, creación de numerosas vacunas y terapias personalizadas. Sin embargo, en este mundo de posibilidades, donde a priori, parece que todo son ventajas, no está exento de polémicas y de peligros. Tener en nuestras manos las herramientas necesarias para alterar la esencia de la vida, el ADN, confiera al ser humano un poder para el que no estamos preparados. Uno de los ejemplos más preocupantes es el de los llamados «bebés a la carta». Has ahora existen casos aislados de embriones cuyos genomas han sido tratados antes de su concepción con el fin de erradicar el desarrollo de una enfermedad o de conseguir que sus células sirvan como cura par un hermano enfermo. En estos casos hay que aplaudir a la ciencia, por ser capaz de obrar estos milagros. Pero en estos contextos es donde surgen preguntas inevitables: ¿Quién establecerá el límite entre un uso terapéutico de la ingeniería genética humana y el diseño de las características físicas de los bebés? Más inquietante es aún pensar en la posibilidad de que los científicos identifiquen el gen de la personalidad y que este sea susceptible de ser modificado junto con las características físicas antes del nacimiento. La ingeniería genética humana abre una nueva era para la humanidad, un tiempo en el que la ciencia utilizará métodos nuevos y eficaces para salvar, mejorar y prolongar vidas. Pero este progreso debe ser practicado de manera responsable, con conciencia plena de las consecuencias que conllevan un uso inadecuado de las técnicas. No se deben sobrepasar los límites éticos ni morales, por lo que es necesario establecer leyes estrictas que regulen su aplicación. Como seres humanos no debemos permitir que los avances científicos vayan en contra de nuestra existencia y esencia. Las personas somos seres diversos que aprendemos de nuestras diferencias y que nos enriquecemos recorriendo el camino. ¿Qué sentido tendría la vida si diseñamos perfecta en un laboratorio? Leyre Peinado – 1ºBTO
La guerra, un gran negocio

Los convulsos balcanes nos han dejado, a lo largo de los tiempos, cruentos hitos que marcaron y marcan la historia. En plena Guerra de Bosnia, el asedio a la ciudad de Sarajevo fue, por desgracia, otro remarcable suceso. Aquel asedio nos dejó muchas imágenes difíciles, aunque ninguna tan perturbadora como la figura de un francotirador disparando contra civiles: indefensos, desarmados, se exponían a la muerte cuando estos debían, inexorablemente, cruzar una avenida. A modo de amargo recuerdo aquella calle sería renombrada popularmente como avenida de los francotiradores. Durante años se ha asumido que aquella violencia, si bien inmoral a la par que innecesariamente cruel, respondía exclusivamente a la despiadada lógica militar. Una guerra brutal, sin duda, pero una guerra a fin de cuentas. Sin embargo, a tenor de recientes informaciones, es obligado el replantearse aquellos sucesos hacia una versión de los hechos sumamente más incómoda. Y es que diversas investigaciones periodísticas, junto a testimonios judiciales han sacado a relucir en estos últimos tiempos que no todos aquellos francotiradores eran militares serbios. Existe una muy verosímil posibilidad de que hubiese personas que pagaron por participar como francotiradores. Ir de montería. Pero las piezas eran civiles bosnios. Escandaloso. Ya no hablamos únicamente de la guerra y sus atrocidades, ni siquiera de un ferviente fanatismo ideológico que explique tamaña miserabilidad. Hablamos de individuos que tornaron el sufrimiento ajeno en una mera actividad recreativa, por la cual merecía la pena desembolsar escandalosas cifras de dinero. En contienda solemos atribuir la culpa al otro, el enemigo, al cual pintamos como rastrero, traidor, sucio… el malo de la película. Nos resulta así a los humanos mucho más sencillo cometer tamañas atrocidades enarbolando como bandera un sistema, una ideología, un líder, un dios… o quizás solo la propia bandera con tal de justificar nuestras acciones.. Solo que esta vez ni siquiera hubo atisbo de justificación. Aunque tampoco lo hace más o menos atroz. Cómo justificar asesinar inocentes sea cual sea el motivo. Fue asesinar. Y pagar por hacerlo. La comunidad internacional llegó tarde, como otras tantas veces. Pero llegó. Aunque han hecho falta muchos años (demasiados) antes de comenzar siquiera a depurar responsabilidades. Puede que los francotiradores de Sarajevo solo disparasen balas. Pero demostraron sin quererlo 2 cosas: Primero que incluso en el conflicto deben, en el más alto de los imperativos, existir límites. Líneas rojas. En segunda instancia, que la guerra es un acto estéril para las sociedades, pero lucrativo para selectos individuos. Muchas veces se resume en negocio, ya sea pagando por hacer de francotirador, o vendiendo las balas mismas. Porque quién es más culpable. ¿El que aprieta el gatillo, el que se embolsa una fortuna con el armamento o el que provocó el enfrentamiento? Todo se resume en una simple pregunta: ¿Cuánto vale una vida? Dejo la respuesta a elección del lector.
