Peseta Street Journal

En estos tiempos que corren, la humanidad asiste sin ser plenamente consciente a uno de los mayores puntos de inflexión de toda nuestra historia reciente. Tal punto no ha sido una remarcable explosión, un colapso visible, no ha acaecido siquiera un acontecimiento fechado que podamos señalar con precisión como el desencadenante. Por el contrario, se ha venido sucediendo una revolución silenciosa cuyos primeros brotes asoman en estos momentos. Hablamos de la irrupción de la inteligencia artificial. Podemos tildarlo, sin duda, de auténtico terremoto que ha removido y remueve los cimientos de nuestra sociedad. 

Comencemos pues por lo evidente. La IA dista ya de ser aquel concepto incluido día sí día también en el distópico género de ciencia ficción. Evolución mediante, se ha alejado de ser un mero concepto etéreo o teórico para convertirse en realidad. La Inteligencia Artificial es hoy una poderosísima herramienta capaz de realizar tareas que van desde lo banal (escribir textos o generar imágenes) a otros temas de mayor notoriedad (diagnóstico de enfermedades o automatización de empleos). Y toda tarea de las antes mencionadas las realiza a una velocidad y capacidad que supera con creces la nuestra propia.

Cabe destacar que todo avance tecnológico y su implementación no están exentos de riesgos y consecuencias. Porque sí, es un hecho que bajo ciertas condiciones la IA puede multiplicar la productividad. Es un hecho que puede ayudar a democratizar el acceso al conocimiento. Y sí, es también un hecho que la IA puede salvar vidas, optimizar recursos… En suma, lograr abrir puertas que hasta ahora permanecen selladas. Esta es una de las caras de la moneda. 

Pero y la otra? Esa otra cara, esa otra faceta. Hablemos entonces del peligro, del riesgo real. La sustitución de trabajadores humanos por inteligencias artificiales, aunado por ende a la creciente dependencia tecnológica. Súmese a lo anterior la posibilidad de manipular información a gran escala u otras tareas cuán poco éticas y/o legales que han encontrado en la IA la herramienta idónea. No hay límite de posibilidades. ¿Qué es lo peor que puede ocurrir cuando ya no distinguimos entre lo creado por una persona y lo generado por un algoritmo? ¿Qué sucede cuando delegamos nuestro pensamiento crítico en máquinas diseñadas, al fin y al cabo, por otros seres humanos con sus propios intereses y sesgos, no carentes de fallos?

Busquemos ejemplos más cercanos. La IA puede ser empleada para lograr que los estudiantes aprendan más rápido… o puede ocasionar que dejen de aprender, ya que es una máquina la que realiza por ellos toda tarea. Y en este ejemplo tan simple y tan cercano entendemos el porqué del crecimiento exponencial de la Inteligencia Artificial. Porque somos vagos. Sí, vagos. Comodones. Relajados. Preferimos, lógicamente, que otros se encarguen de nuestros quehaceres. Pero si la IA “estudia” por nosotros, trabaja por nosotros (y cobra por nosotros por cierto), ¿a que se nos relega a los seres humanos? 

No es la inteligencia artificial la que amenaza con deshumanizar nuestra sociedad, sino que somos nosotros mismos quienes renunciamos, en mayor o menor medida, a hacernos cargo de nuestras responsabilidades y le abrimos por tanto las puertas hacia el control total.

Soy de la opinión de que la historia se repite. Y la historia ha demostrado infinidad de veces que cada gran avance requiere de una respuesta al mismo nivel. Ahora bien, la respuesta, la solución no pasa por rechazar la tecnología, tampoco por entregarse ciegamente a ella. Pasa por tratar a la IA como lo que es: una herramienta, una asistencia, una “ayuda”, pero nunca como un sustituto. 

El futuro no lo deciden las máquinas. Lo decide el uso que hagamos de ellas. En el pleno siglo de la tecnología, de lo digital, debemos ser más humanos que nunca.

 

Mario Maldonado Jaramillo – 1º BTO