Érase una vez una niña que soñaba con algún día conseguir plantar árboles, flores y plantas. Su nombre era Lidia, una profunda amante de la naturaleza, las plantas y los animales.
Todos los días pasaba por un camino para ir al colegio. Un día tuvo la maravillosa idea de intentar plantar alguna flor por ese camino. Todos los días durante una semana iba encantada al colegio para ver si las semillas que puso habían dado sus frutos. Sin embargo, no había resultado. Así que pensó en otro lugar.
– ¡En las piedras del parque! -exclamó Lidia emocionada.
A partir de ese día iba todas las tarde a cuidar sus plantas ,para que no pasara lo de la última vez, en cambio, la realidad cayó bruscamente sobre ella ya que las plantas no crecían, dándole a entender que eso no era lo suyo. Lidia volvió disgustada a casa, dándole vueltas a su cabeza, autoconvenciéndose que todo era culpa suya.
Derrotada, tiró todas las semillas a la basura y se marchó convencida que nunca conseguiría hacer crecer una planta. Quince semillas, de las muchas que tiró, cayeron accidentalmente en una tierra muy sana. Al día siguiente Lidia no se quería ni levantar de la cama. Al pasar otra vez por esa papelera los recuerdos la inundaron de tristeza, pero no muy lejos de la basura alcanzó a observar pequeñas plantitas que estaban en etapa de crecimiento. Se dió cuenta de lo ocurrido, y se alegró inmensamente. Pasaron los meses y las plantas más bonitas del pueblo eran las de Lidia.
Finalmente entendió que no era culpa suya que las plantas no crecieran, simplemente que las semillas no estaban en el lugar adecuado.
Lucía Altair Mosquera
