Peseta Street Journal

El arranque de este año escolar en España empieza, como poco, de forma abrupta, sacudido a causa del último Informe PISA, el cual, de acuerdo con algunos, ha venido a poco menos que  certificar el acta de defunción de la excelencia académica en España, arrojando el peor resultado hasta la fecha.

Para aquel lector despistado: el informe PISA se trata de un estudio internacional que mide el nivel del alumnado. Aquí, en Europa, la normalidad estadística ronda los 500 puntos. De cara a ponerlo en valor, un curso escolar equivale a 20 puntos. Visto esto, puede afirmarse como monumental el batacazo español. Nos hemos desplomado hasta los 451 en lectura y apenas llegamos a rascar los 457 en matemáticas.  

Eso nos sitúa, dicho sin paños calientes, a la cola, a remolque, de la Unión Europea y de la OCDE. De 2 a 3 años escolares por detrás de ellos concretamente.

¿Las causas? Empecemos pues por el festival especulativo de los motivos, azuzado por la política, la prensa, los diversos entes que, expertos o no, opinan.

Unos señalan apocalípticamente a la Inteligencia Artificial, o las redes sociales, mientras que otros generalizan incluyendo cualquier cosa que posea una pantalla, aduciendo que han licuado el cerebro de los jóvenes. Ya puestos por qué no volver a la Prehistoria.

Otros son quienes claman sobre la pérdida de la cultura del esfuerzo y el fin de premiar a la excelencia, sepultando todo bajo el dogmático aprobado general. Tampoco faltan las críticas a la infrafinanciación crónica del sistema educativo o, incluso, el aducir y achacar los malos resultados a la falta de aire acondicionado en las aulas.

Teorías, haberlas hailas, para todos los gustos, signos y colores. 

Lo más probable, es que no se trate de un solo factor, un motivo único, un villano caricaturesco… sino de un enorme cúmulo de factores que, tarde o temprano, acabarían reventando las costuras del precario sistema educativo español, que ya de por si venía haciendo agua desde tiempo a

trás. El problema no radica tanto en los mismos integrantes de dicho sistema (profesores y alumnos) pues estos son los primerísimos interesados en su correcto funcionamiento.

Junten ustedes en una simple suma; pantallas, IA, falta de atención, de dinero, tiempo, medios, interés, inexistentes objetivos, escasos propósitos, y ya como guinda un cambiante panorama con respecto al cual jamás vamos a compás. 

Solo sabemos, tímidamente, mirar de reojo que hacen otras naciones y copiar las ideas y/o tendencias imperantes, plasmando todo de una manera, ahora sí, envalentonada, en miles de folios, cientos de decretos y muchas leyes (Ha habido 8 leyes educativas en 40 años, a razón de nueva ley cada 5) que destinan el camino de las siguientes hornadas de egresados.

Quién ha de ser el responsable de ese curso de Segundo de Bachillerato al que, quizás, de repente le modifiquen en Noviembre el temario de la Pau. Quién ha de hacerse cargo de que, en una clase llena de portátiles, apenas una irrisoria fracción del alumnado sea realmente tecnológica. Quien deberá afrontar el hecho de las ratios desbordadas en un colegio público. Y, finalmente, ¿quién será el que entone el mea culpa por los funestos resultados en el informe Pisa?

La respuesta es simple. Nadie. No pasa nada. Nunca pasa nada. Porque el sistema, no ya sólo el educativo, no busca culpables ni soluciones, tan solo busca y ansía el poder. Y una vez obtenido el escaño, la poltrona, el puesto, ya no es sino irrelevante lo que ocurra con los problemas reales del de a pie.

Es así como los problemas puntuales se tornan en estructurales. Acusando e insultándose mutuamente, para luego pasarse la patata caliente de unos a otros, vuelta a empezar. Y mientras, estamos los estudiantes a verlas venir. 

Mario Maldonado Jaramillo. 2º Bachillerato