Una niña con un peso saludable deja de comer para alcanzar el cuerpo que la sociedad define como perfecto; un niño de trece años estudia hasta las tres de la mañana para preparar un examen; otra niña llora durante toda una tarde tras fallar un tiro libre en el partido más importante de la liga. Parece surrealista, ¿verdad?, ¿son normales estos niveles de autoexigencia a edades tan tempranas?
La autoexigencia está directamente conectada con el perfeccionismo. Consiste en imponerse estándares de alto rendimiento y evaluarse de forma crítica en función de los resultados obtenidos, generando una gran presión interna. Esta tendencia es muy frecuente en la adolescencia, una etapa de construcción de identidad y autoestima. Psicólogos del Gabinete de Psicología Montserrat Guerra afirman que el adolescente intenta constantemente cumplir las expectativas académicas, sociales, físicas y emocionales para no decepcionar a nadie. Además, el estudio científico hecho por Curran & Hill en 2019 demostró en un metaanálisis de 40.000 personas que los niveles de autoexigencia han aumentado un 33% desde finales de los años ochenta. Este estudio, junto a otros como el de Flett & Hewitt en 2022, demostró que en múltiples ocasiones esta puede provocar ansiedad, depresión, trastornos en la conducta alimentaria y el síndrome de Burnout por el miedo al fracaso y la anticipación constante de errores, lo que termina generando una intolerancia al error.
Pero, ¿somos nosotros quienes nos autoexigimos o vivimos en una sociedad que nos empuja a hacerlo? Aunque existan los factores personales, el entorno social tiene una gran influencia en nosotros. Las comparaciones son un claro ejemplo, especialmente desde el auge de las redes sociales. Estas exponen vidas idealizadas de éxitos y belleza que convierten nuestra realidad en algo diminuto. Otro factor influyente son los modelos educativos centrados en la excelencia, que solo premian los logros académicos cuantificables, sin valorar el esfuerzo personal.
Por otro lado, el entorno también puede influir positivamente. Las personas con las que nos relacionamos, tanto familiares como amigos; ayudarán si consiguen transmitirnos nuestro valor y aceptan nuestros errores sin juzgarnos. Asimismo, también debemos ser nosotros quienes compartamos nuestras preocupaciones y realicemos otras estrategias de autocuidado como redefinir el éxito y tratarnos con amabilidad en nuestro diálogo interno.
También existe una explicación neurobiológica que relaciona la autoexigencia con distintas áreas cerebrales y neurotransmisores, como la corteza prefrontal, la amígdala, la conectividad prefrontal-límbica y los bajos niveles de serotonina.
La autoexigencia adolescente puede ser positiva si sabemos establecer límites; sin embargo, la presión social y del entorno puede llevarnos a sobrepasarlos, haciendo que la vida gire entorno al éxito y a la aprobación ajena, lo que deja de ser saludable y se convierte en perjudicial para la salud mental. Entonces, me pregunto: ¿de verdad merece la pena perseguir un supuesto éxito que nos exige renunciar a nuestra paz mental?
Carlota Sánchez Conesa. 4º ESO
