Peseta Street Journal

Aquel verano fui a pasar unas semanas con mi abuela a su casa del pueblo. Estaba muy emocionada. Esa casa me encantaba; era grande, bonita, tenía decoración antigua, techos altos…Pero, sin duda, lo que más me gustaba era el gran jardín. Aún recordaba las tardes tan divertidas que había pasado allí jugando con mis primos.

Cuando llegué, mi abuela Carmen me recibió con un fuerte abrazo. Subí a mi habitación, coloqué mis cosas, volví a bajar y me quedé un rato hablando con ella. Después de comer, salí al jardín a disfrutar de la naturaleza y me percaté de que había una puerta detrás de unas hojas. Estaba casi segura de que esa puerta no estaba ahí antes así que, tras pensarlo un poco, decidí abrirla. Al otro lado se encontraba el mismo jardín pero, en este, a diferencia del otro, la fuente que solía estar seca tenía agua, el césped se veía mucho más verde y los árboles eran bastante más pequeños que antes.

De repente se abrió la puerta de la casa y salió una niña. Me saludó y me preguntó con voz dulce si quería jugar. Me lo pensé unos segundos, pero algo en ella me hacía confiar, así que acepté. Le pregunté cómo se llamaba y me respondió que su nombre era Carmencita. Estuvimos jugando al escondite, recogiendo moras y saltando a la comba juntas. Después de un rato, me senté a descansar y cerré los ojos. Cuando los abrí, todo volvió a ser como antes: la fuente estaba seca de nuevo, la hierba no era tan verde, los árboles habían crecido y mi amiga ya no estaba. Entré a la casa confundida en busca de una explicación sobre lo que había pasado. Vi a mi abuela haciéndome la merienda, me preguntó cómo me lo había pasado fuera. Le respondí que bien y le pregunté con curiosidad si ella de pequeña solía jugar en ese jardín. Me respondió que sí, que a ella le encantaba estar ahí. A continuación, me contó que tenía una amiga imaginaria con la que le gustaba mucho pasar el tiempo. 

– Se llamaba Carla, por eso te pusimos ese nombre – añadió entusiasmada.

En ese momento entendí todo. Yo era la niña que mi abuela imaginaba, y la niña con la que yo había estado jugando era mi abuela de pequeña. Desde ese día, siempre salgo al jardín con la ilusión de volver a encontrarme aquella puerta y poder jugar de nuevo con ella.

Nora Soler Pindado – 1º ESO